En la puerta del Pedralbes Center de Barcelona, reza un letrero que aconseja entrar conmigo.
Mi sonrisa es fácil. Le gusta salir y vive en un semblante dispuesto a exhibirla cuando surge la mínima oportunidad.
La sonrisa es contagiosa. Aflora una cualquiera que hace brotar la propia y provocar la de alguien que a su vez incita otra. Es la cadena de sonrisas. De vez en cuando, alguna aparece acompañada.
Parada en el medio de la calle, leía un entrañable mensaje de un buen amigo. Supongo que mi sentimiento se reflejaba en mi cara.
Se acercó un joven. Uno con rastas y chaleco de MSF: “Conozco un poema que Mario Benedetti escribió sabiendo que usted iba a existir.”
Le comentaba a una amiga el otro día que los hombres que me despiertan interés no se interesan por mí. Su respuesta fue rápida: "Pues empieza a interesarte por los que no te interesan". Me hizo sonreír. Por qué no, pensé.
Allá que me fui el sábado por la noche dispuesta a poner en práctica su consejo, aun sin saber muy bien cómo hacerlo. Mientras me dirigía al punto de encuentro con un hombre al que hace poco he conocido, pensaba que el asunto era contradictorio en sí mismo: si
Lo único que me importa es el peso saludable. Los otros aspectos son relativos y forman distinto capítulo. De joven tenía tantos amantes como quería. Y más. Con sobrepeso y sin él. Estoy recopilando fotos para el álbum familiar y, cuando haya agrupado las de mi juventud, te las enseñaré.
Estaba la otra noche en tratos de cercanía con un apuesto cuarentón algo más lozano que yo.
El hombre, en la crisis propia de su edad, se debatía, supongo, entre dejarse llevar o ¿darle cuentas a su mujer? Ardiente estaba, doy fe, pero nada, que no avanzaba. En punto muerto un buen rato. Punto muerto él, todo sea dicho, porque a mí derretida me tenía. ¡A ver, caballero, se lo piense un momento antes de empezar! Que si no hay mambo, yo sigo bailando y tan contenta.
Entre el pensamiento del “que sí que no”… ¡pues no voy y me ligo a un yogur!... Pero yogur, yogur ¿eh? Frutos del bosque para que te hagas una idea.
Aprovechando un "que no" del pensador, se acercó una chica joven con la intención decidida de presentarme a un amigo suyo quien, según me dijo, quería conocerme.
Qué monada, mi niña, pero qué monada. Sin ser madre yo, así, visto desde fuera, me hubiera encantado tenerlo como hijo. Y no sé qué demonios es lo que de mí le atrajo. ¿Mi movimiento de cadera imantada a la del pensador? ¿Su mano recorriendo mi espalda?… Quizá sí, que conozco esos demonios.
-“Vente a la playa conmigo”-, me suspiró en una suave caricia de sus labios, en ese preciso punto donde el contacto casi es solo un deseo.
¡Plof!
¿¡Playa!? ¿He oído ppllayyaaaa?
Mi cabeza empezó a funcionar y ya ni sabía dónde estaban sus labios.
Como que no, que la respuesta va a ser que no. Que va una apurada pero… entrar en el modus vivendi de pobre de solemnidad… ¡A la playa! Cariño, 14 grados. En la calle, frío con abrigo a pesar de la brasa interna. Estupendo estás, sí, pero te dudo capaz de ponerme a 40 grados, si dejo ciertas partes al aire. ¿Un resfriado por un calentón? Mal cambio, malo. A ver… (mi cabeza ya a 353 por hora)… qué posibilidades me quedan.
A mi casa, ni hablar. ¿Cómo le doy la patada si ronca? ¿Y mañana darle desayuno? Este toma Colacao todavía. No, no, no.
A casa de su mamá, tampoco, claro. Mira que si resulta que la conozco.
El hotel lo pago yo porque el niño no tiene un duro. ¿Y sentirme como cliente de… ? Imposible. Solo puedo con lo que soy capaz de perdonarme y esas cosas hay que cuidarlas.
La playa, dice… Pues menudo pastel… Literal, un pastel. Que húmedo y arena es barro. Que yo ya estuve retozando por ahí a la edad del pretendiente, cuando todo parecía romántico. ¡Y no veas la arena, menudas sutilezas!
A mi casa, Sonrisa, en ninguna compañía. Que una no está para experimentos. Otro día.
¿Moraleja?
Maduritos, por favor. Que haberlos, haylos. Pensadores algunos, sí, pero a partir de los cuarenta ya tenemos todos la misma edad y eso nos da mucho margen.
Es necesario procurarse un cuerpo fuerte para cuando el alma está débil. Y la vida tiene otro color cuando se activan los músculos.
Salgo a correr. Every two days (dicho así en un guiño al corredor más constante que he conocido en mi vida). Suelo dejar un par de días de descanso para mis piernas. No quiero excesos que luego me impidan bailar.
Aunque me aventuro por otros, mi circuito más habitual parte desde mi calle, recorre un tramo de la Diagonal, incluye una vuelta a un par de parques de la ciudad y vuelta para casa. Estiramientos y ducha. Es una auténtica delicia.
Ritmo lento el mío, 6'2 min/km. Los poco más de 7 kilómetros, en unos 45 minutos. Algo más rápido, si voy con mi hermana, que me hace sentir Rocky Balboa al final de la escalinata. Ella supera mi ritmo pero se acomoda. Un cielo.
No hay más pretensión que sentirme bien. Animada por ella, empecé a correr como terapia ante circunstancias especialmente tristes (ya veis como digo bien al llamar cielo a quien tengo por hermana). Me puse muy en forma entrenando por montaña y bosque.
Correr por ciudad es distinto. El asfalto es más duro. Los sonidos urbanos obligan a escuchar música. Para oírla en bosque no son necesarios auriculares. Pero es placentero. Igualmente es placentero. Cada vez más ligero el talón hacia el glúteo. Sabéis quienes corréis.
Madurita. Subo la media de las mujeres que corren por este circuito. ¿Será porque está cerca de la zona universitaria? La cuestión es que me cruzo con mujeres más jóvenes. Cierto es que estar rodeada de “más jóvenes” resulta ya muy sencillo. Los hombres son más variados. Gente de todo tipo… Divertido.
Siempre mona. Salgo a correr remona. Nada de cursiladas, auténtica. El glamour del tacón lo traslado a mis zapatillas voladoras.
Y, aunque no es estética la motivación,no está mal plantarle cara a la gravedad que hace estragos. A cierta edad, si no llegan a la rodilla es porque no se ha alcanzado la 90. Es posible que solo me entendáis las mujeres. Si algún hombre quiere aclaración, que pregunte.
Otro ejemplo. Chicas, ¿habéis hecho la prueba de las “pitas, pitas”? Os explico. Venga, un ejercicio: A ver, ¿cómo les echas de comer a las gallinas? Al hacerlo, di “pitas, pitas”. Mira tu brazo. ¿Qué se te mueve?
¡Ay, niña, la gravedad! Que sí, que mientras te preocupas del tradicional “culoteta”, ella, traicionera y por detrás, se ensaña por donde menos te lo esperas.
A lo que iba. Esa (yo) tan mona, de natural, como decía, que no me cuesta esfuerzo, de repente … ¡jchu!. Escupitajo, sí. Que la saliva se acumula, oye. ¿Qué voy a hacer? ¡Jchu! Me miran: “¿Qué miras? Me sobra saliva ¿Qué quieres? Al árbol no le pasa nada por un poco más de agua. Tu perro aligera ¿no? Pues yo escupo. ¡Y no enseño nada!”.
¡Era eso! No era el asfalto, no eran los pájaros ni el olor. Me costó ponerme en forma en Barcelona. ¡Era el pudor! ¡La buena educación de las féminas de mi generación! Lo descubrí, me decidí… ¡lo superé!
Entiendo que es un contraste. Pero qué sano. Me siento gacela libre y veloz.
Al tanto ¿eh?, que requiere entrenamiento. Es todo un arte lo de escupir en carrera, sin perder el ritmo. A quien quiera, doy clases for free.
¡Uf! Nunca pensé que me haría tan feliz soltar un salivazo.
A las mujeres que se saben quitar el corsé.
Las risas para OA, AA y LZ, tres princesas deportistas de mi vida.